A la mierda la censura
Mi paso por el Museo Metropolitano de Monterrey
Terminó “Lectoescritura”, mi exposición en el Museo Metropolitano de Monterrey.
Sin duda, fue una experiencia bastante agridulce.
Por un lado, la inmensa alegría, la satisfacción y la plenitud de mostrar una obra muy íntima trabajada durante un año, con mucho amor y dedicación.
Por otro lado, haber tenido que lidiar, por primera vez en mi carrera artística, con la atrocidad de la censura. Ya iba advertida del trato del museo, pero jamás imaginé lo grave del asunto.
Escribo porque es el acto de rigor. Me queda claro que es lo mínimo que toca hacer.
Desde mi entrada, las encargadas del museo se mostraron incisivas en ponerme trabas y en entorpecer el montaje.
Excusas sin sentido para aletargar el proceso, momentos de espera sin respuesta sobre el inicio del montaje, incertidumbre sobre la inauguración, burocracia absurda, muchos momentos de frustración y de estrés, que poco, o más bien nada, tenían que ver conmigo y con mi trabajo.
Una vez entrando a montar, tocó hacerlo con prisa, hacerlo con estrés, empatando los tiempos con mi jornada laboral y con los pendientes que todo el tiempo están presentes.
Al terminar el montaje, la directora del museo fue a la sala, no precisamente a admirar, sino más bien, a escudriñar la obra. Pieza por pieza. Palabra por palabra.
Al detenerse a leer la placa de cerámica escrita con el final de “Poeta chileno” de Alejandro Zambra, su gesto, su voz, incluso su trato, cambiaron drásticamente.
“El mundo se cae a pedazos y casi siempre todo se va a la mierda y casi siempre dañamos a las personas que queremos o ellas nos dañan a nosotros irremediablemente y no parece haber motivos aparentes para albergar ninguna clase de esperanza, pero al menos esta historia termina bien, termina aquí, con la escena de estos dos poetas chilenos que se miran a los ojos y que lanzan risotadas y que por ningún motivo quieren irse de ese bar, así que piden otra ronda de cerveza” -Alejandro Zambra.
Argumentó que le preocupaba la palabra “mierda” sin entender claramente el contexto de la pieza, ni del texto, ni evidentemente, del arte. De ahí, tomó su celular, comenzó a tomar fotografías de cada pieza y a hacerles zoom a cada una de ellas. Cual policía en plena vigilancia.
Retiré la pieza que para mí, es parte imprescindible del proyecto y agregué una pieza con cerámicas quebradas indicando lo que habían roto, lo que faltaba, la ausencia.
También, censuraron el texto de sala. El vinil recortado ya impreso, se tuvo que volver a imprimir de última hora por la palabra “Genitales femeninos”.
Con todo esto, un día antes de inaugurar, desembalé la fotografía de mi cuello con piezas de cerámica con escritos de Terry Tempest Williams, cuando el personal del museo señaló que, a su parecer, causaría controversia. Exactamente ¿Cuál es la controversia? ¿Un cuello desnudo? ¿Un arcoiris desplazándose? ¿Los poros de la piel?
Tuve que defender la pieza al punto en que me hicieron llegar a mis límites. Cosa que es muy poco usual.
Esa fotografía que es absolutamente esencial al proyecto, se quedó a nada de no ver la luz.No era negociable sacarla. Simplemente no había manera.
Después de los malos tratos y los malos momentos en el museo, se abrieron las puertas al público. La dulce recompensa.
La presencia del personal en todo momento, me tensaba, me incomodaba, me hacía sentir vigilada.
Desafortunadamente, no soy la primera artista a quien censuran y me parece muy vergonzoso que personas que no están preparadas ni sensibilizadas al arte estén en estos puestos tomando decisiones desde la ignorancia total.
Desafortunadamente, terminé hablando más de la censura de mi obra que de la obra misma. Cosa que me sigue molestando.
Deseo que nadie tenga que verse en una situación así, en donde una tiene que defender el trabajo de argumentos absolutamente ridículos y carentes de sentido.
A la mierda la censura y que vivan los genitales femeninos, portadores de vida, deseo y creatividad.





